Un relato de antiguas quintas saavedrinas, amores tumultuosos y mis miedos infantiles

Angelina

Por: Alejandra Moglia

Aromas de albahacas lejanas, certezas de encontrarme en el sueño pesadilla de tus días iluminados por la soledad y la tragedia.

Te fuiste en un olvido sin retorno sabiéndote eterna.

Tu casa hoy existe en la memoria de mi niñez y en la de un barrio que llora entre su pasado y la melancolía.

A Angelina (S.), con cariño

 

Un 27 de abril de 1873 se fundó el barrio de Saavedra. Al poco tiempo, los terrenos del lugar fueron rematados y se levantaron pulperías, quintas y almacenes de ramos generales. El 26 de octubre de 1889 se autorizó la construcción de la estación Luis María Saavedra. El ferrocarril había llegado al barrio que fue extendiéndose y transformándose, poco a poco,  en un lugar de  quintas, palacetes y jardines, y en el que se podía pasear en góndola por el arroyo Medrano. Al barrio llegaron también familias de inmigrantes italianos como mi abuela Irene –con cinco años- y sus padres, hermanos, tíos y primos que arribaron a estas tierras en 1912.

No se tienen datos concretos sobre la llegada de Angelina a la Argentina ni de como su destino la llevó de Italia al barrio de Saavedra en Buenos Aires. Nada se sabe hoy en día de su niñez y juventud, ni cómo conoció a quien fue su primer marido. Las referencias sobre ella comienzan a través de las historias que mis abuelos le han contado a mi mamá.

Angelina y su marido Giorgio tuvieron una hija y se afincaron en Saavedra cuando el barrio todavía estaba dominado por quintas. En su quinta saavedrina instalaron un puesto de venta de verduras atendido por un joven muy tímido llamado Jesús.  Un buen día,  Giorgio falleció y ella quedó a cargo de la quinta, el negocio y la familia.

Angelina amaba a Jesús – muchos años menor que ella- pero él sólo tenía ojos para Josefina, sabiendo íntimamente que contra Angelina nada podía hacerse y que ese amor imposible llevaría a un enfrentamiento sin retorno entre madre e hija. Fue así como se casó con Angelina para seguir cerca de Josefina, el amor de su vida.

La historia de amores y odios entre Angelina y su hija, comenzó quizás en otros tiempos muy lejanos y desconocidos para toda la familia pero el casamiento con Jesús encendió una chispa que se extendería de generación en generación y que continúa hasta el día de hoy como un sello familiar irrenunciable.

Visitar a Angelina me causaba escalofríos, a la vez que me generaba una profunda excitación. En mi mente de niña veía en ella a la bruja de los cuentos: mujer de baja estatura, contextura pequeña, con una nariz prominentemente encorvada y vestida siempre de negro para mantener el luto. Su paso era ligero y audaz, sus movimientos rápidos, nada ni nadie se escapaba a su mirada que iba y venía de un lado a otro, captando cada detalle.

Ir a su casa era acceder a un mundo desconocido, fantástico, peligroso y fascinante, con recuerdos de una Italia extraña y muy diferente a la que tenía todos los días en mi casa y con mis seres queridos. El aroma a albahaca embriagaba toda esa casa de sueños y pesadillas en la que el piso de ladrillos rojos relucía como un espejo que sólo reflejaba un pasado tumultuoso y prohibido.

Los días previos a la Navidad no sólo me traían la alegría de la llegada de Papá Noel, me recordaban que para alcanzar la felicidad primero hay que sortear muchos riesgos. Las tardes de aquellos 24 de diciembre, pocas horas antes a la Nochebuena, debía asistir a una cita obligada por mis padres: visitar a la tía Angelina.

Yo sabía que ella había sido tía de mi abuela pero mi abuela Irene se había ido al cielo cuando yo tenía apenas un año y medio. Era extraño para mí que ella estuviera muerta y su tía no. Esas tardes del 24 de diciembre eran invadidas por un temor inenarrable, y mi corazón comenzaba a palpitar a un ritmo acelerado y loco mucho antes de la visita obligada. Su casa quedaba a unas 15 cuadras de la mía y, paso a paso en ese camino fantástico, podía ver como el barrio iba pasando de lo real a lo onírico: los olores cambiaban, los bordes de las casas se tornaban irregulares, el sol ya no parecía el mismo y los árboles guardaban secretos sobre ella. El silencio era tan abrumador que me aturdía y el paisaje parecía estar suspendido en un aire sin oxígeno.

Al llegar a la casa, mi mamá tocaba el timbre y desde la cerca se veía una construcción de cuentos. Siempre tuve la duda si esa cerca sería de chocolate o de madera, nunca intenté probarla porque la certeza de que pudiera ser realmente de chocolate era inminente. Pasaban apenas unos segundos para que la puerta se abriera y una mujer aparentemente anciana pero muy activa y ágil se asomara agachando su cabeza y alzando la mirada con una sonrisa intermitente y desconfiada. Allí estaba Angelina feliz de verme. Si mi miedo era inenarrable, su alegría también lo era.

El olor a albahaca me golpeaba el rostro pero era tan agradablemente extraño. Me traía recuerdos de otros tiempos y otras gentes que no conocí y que la vez me parecían tan cercanos. Sin embargo, el miedo era tan fuerte que me impedía volver a aquel lugar inexplicablemente cotidiano al que nunca había ido.

Angelina nos invitaba a sentarnos en torno a la mesa y rápidamente se dirigía a la cocina para volver con una bandeja de plata cubierta por un mantel preciosamente bordado que traía tacitas de porcelana con café, unas copas de cristal con licor casero y un plato de masitas que se veían tan ricas como prohibidas. De repente, desaparecía mágicamente hacia un lugar misterioso para volver en forma casi inmediata con un regalo para mí. Y de esa forma, encorvada, mirándome por el entrecejo y con su sonrisa intermitente y desconfiada me llenaba de halagos.

Nunca tuve en mi vida regalos mejores envueltos y con tanto detalle como los que me obsequiaba Angelina. No me olvidaré jamás del día que me regaló aquellos caramelos mágicos. Había comprado una caja especial, muy moderna para la época, redonda y de acetato duro y en ella puso la variedad más surtida que pudiera existir en caramelos de distintos gustos, tamaños y colores. Luego cruzó la caja con cintas de seda color rosa y un moño gigante. Ni las casas de bombones más caras de Buenos Aires ofrecían los productos tan delicadamente decorados. Yo era una niña que comía muchas golosinas y nunca supimos cómo fue posible que esos caramelos regalados un 24 de diciembre duraran tanto para acompañarme durante las vacaciones de enero en Mar del Plata.

Si por un lado esos detalles me dejaban completamente fascinada, por el otro confirmaban mi sospecha de que realmente era una bruja. Quizás querría tentarme para que yo creyera que era una buena mujer pero… ¿cómo creerle con esa nariz encorvada, con esos ojos que iban y venían de un lado a otro, y con todo lo malo que se decía de ella?

Para su familia más cercana era “la vieja”. La vieja que le echó el novio a la nieta, la que le arruinó la vida a Josefina, la que deseaba ver a Giorgio muerto para quedarse con Jesús. La vieja quizás sí fuera lo que de ella se decía pero esa misma vieja era la tía Angelina que había amado tanto a mi abuela Irene, y por extensión a mi mamá, a mi tía, y a mí.

En los años en que mi mamá era una niña, en aquella quinta de Saavedra, Angelina cosechaba las zanahorias más tiernas y exquisitas que hayan existido. Mi mamá y mi tía estaban autorizadas a comerse todas las zanahorias que se les diera la gana, era una orden. Angelina las seleccionaba especialmente para ellas. Un buen día, no se conocen las causas, un incendio acabó con su casa y con la quinta, y Angelina debió comenzar todo de cero. Y siguió preparando las mejores mesas para las visitas que le hacían mis abuelos, luego las que hizo mi madre conmigo, dejando lo mejor de ella en cada detalle. Poco a poco, esas visitas se fueron haciendo más esporádicas y en aquella casa de cuentos en Saavedra, Angelina se fue quedando sola entre amores y odios, entre sueños y pesadillas junto a su familia más directa

Pasaron muchos años, fui adolescente y ya hacía mucho tiempo que mi mamá no podía obligarme más a visitarla, aunque sí seguí escuchando historias terribles sobre ella. Un día llegó la noticia de su muerte.  Esa mujer -que parecía eterna- se fue de este mundo con 102 años y con ella se llevó su historia pero no los odios que continuaron entre sus sucesores y marcaron a esa familia. Angelina había visto morir a muchos de sus descendientes y según se cuenta, el día de su muerte, no fueron pocos los que se regocijaron. Ellos no saben que su sello continúa y que puedo verlo. Me pregunto si alguna vez sabré quién fue Angelina, esa mujer bendecida con el nombre de los ángeles y odiada por sus hijos, nietos y bisnietos. Estoy segura que los nietos de los nietos ni siquiera recuerdan su nombre y su paso por este mundo pero yo sí, y  la llevo conmigo por esa excitación y temor que me generaba verla, por los regalos más vistosos y hermosos que haya recibido en mi vida, por su casita misteriosa y reluciente, por el aroma a albahaca con recuerdos tan desconocidos como cercanos a mi corazón, porque Angelina me mostró una cara distinta al mundo que me rodeaba y me enseñó que no hay una única mirada sobre la vida.

En los detalles tan delicados de las bandejas que servía, de los regalos que envolvía seguramente había muchos detalles de su persona. La conocí anciana y conmigo era gentil. No tengo fotos de ella, sólo su imagen distorsionada por mis miedos infantiles aunque sí pude confirmar no hace mucho que el luto de por vida y su nariz encorvada con forma de pico de loro eran reales.

Angelina permanecerá en mi memoria iluminada por un sol de antaño como aquella mujer fuerte que instauró un matriarcado en un mundo de hombres y que, siempre de pie y contra viento y marea, caminó hasta el final, Me mostró que –a diferencia de los cuentos maravillosos- el bien y mal interactúan en una misma persona y son completamente relativos.

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5 comentarios en “Un relato de antiguas quintas saavedrinas, amores tumultuosos y mis miedos infantiles

  1. Qué recuerdo tan bien habitado y qué maravillosa tía abuela. Para mí, que Angelina era hada en un gran porcentaje. Las brujas puras no saben envolver regalos. Y si la niña tenía miedo es porque intuía que en esa casita reluciente se devanaban los “otros” hilos de la realidad. Un texto precioso.

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