ARGENTINA, MOGLIA ALEJANDRA, WALSH MARÍA ELENA

Querida María Elena ¡Te queremos tanto!

Por: Alejandra Moglia

 

“Se me ha roto el vidrio de colores por el que, desde España, yo veía América de niña. Una tarde de la que se ha caído una estrella”. María Rosa Serdio

 

Escuchando los medios, acabo de enterarme que falleció María Elena Walsh. El sentimiento que surge en este momento es de una gran tristeza pero también el de un profundo agradecimiento a la vida por haber puesto en mi camino y en el de tantos a esta mujer de las letras argentinas que revolucionó la historia de la literatura infantil en nuestro país y, sin exagerar, en el mundo.

Todo lo que pueda decir sobre ella es poco. Por ello reitero lo que escribí en una nota cuando cumplió sus ochenta años:

Lo único que quiero hacer es  expresarle mi agradecimiento a ella, y también a mis padres, porque mi infancia ha ido de la mano de su obra.

Con María Elena aprendí que las palabras no son inocentes, que la literatura es libre, que el dialectal argentino –como el de cada pueblo- es precioso y único, es un tesoro maravilloso que hay que rescatar y cuidar porque hace a la identidad de la nación.

Aprendí a ver el mundo al revés de cómo me lo enseñaban en la escuela. Mi infancia tiene su voz, y la misma se imponía a otros sonidos que eran de temer: gritos de dolor se avecinaban desde un futuro muy cercano. Sin embargo, allí estuvo presente la cálida voz de María Elena Walsh, acunando la infancia, los sueños y la libertad.

A través de su obra aprendí a crecer con fantasía, a soñar, a amar la libertad. Aprendí, también, que yo vivía en el país es el País de Nomeacuerdo y que un pueblo sin memoria jamás alcanza la dignidad.

Mi niña interior tiene su presencia marcada a fuego. Los chicos que tuvimos acceso a su obra hemos crecido de una manera diferente. Estoy convencida que la brecha que se abrió entre los que disfrutamos de sus poemas, canciones, su presencia y los que -por una razón o por otra- no tuvieron esa posibilidad,  es difícil de cerrar. María Elena Walsh no sólo ha sido partícipe de una revolución literaria que posicionó en los más alto a la literatura infantil argentina, sino de un pensamiento democrático basado en el compromiso social y en la defensa de la libertad.  Hoy en día, la Argentina se divide entre los que han olvidado todo y los que tenemos memoria. Es muy probable que los primeros hayan crecido sin María Elena, y  los segundos con su maravillosa presencia.

En mi casa, el viejo combinado sonaba todo el día al son de sus canciones y entre versos y notas musicales se fueron grabando –sin darme cuenta- cuestiones claves que me ayudaron a comprender los tiempos que luego se avecinaron cuando fui joven, y también de adulta, tiempos que eran el resultado de nuestra historia como país y de un pueblo sin memoria.

Entre tantos versos destaco los siguientes:

“…Que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos más dos son tres…”. (El Reino del Revés)

“…Un pasito para aquí, no recuerdo si lo di. Un pasito para allá, ¡Hay que miedo que me da!…”. (El País de Nomeacuerdo)

“…Fue a quejarse por el robo, mentiroso, el rey promete que la tiene el gran bonete….”. (El twist del Mono Liso)

“…Un día toditos los chicos se convirtieron en borricos. Y en ese lugar de Humahuaca la única sabia fue la vaca…”. (La vaca estudiosa)

“…Mañana se lo llevan preso a un coronel por pinchar a la mermelada con un alfiler…”. (Canción para tomar el té)

“…Una bala le mató el canto -y era tan linda su canción-, la segunda le mató el vuelo, y la tercera el corazón…”. (La pájara Pinta)

Y entre fantasía, disparates, tarareos, ritmos melódicos,  un vocabulario variado y maravilloso, juego de palabras, música, literatura, una voz cálida e inolvidable, y verdades aprendí con la mejor maestra, con María Elena Walsh.

En verdad, lo que realmente quiero decir, quiero decírtelo a vos María Elena y se resume en dos palabras: MUCHAS GRACIAS. ¡Te queremos tanto, María Elena! Muchas gracias por tu persona, por tu humanidad, por tu obra, por todo lo que nos diste, nos das y nos seguirás dando en cada voz, en cada mirada, en cada palabra que lleva la tuya y la recrea.

 

 

 

 

 

La pena de muerte, de María Elena Walsh

 

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.
Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.
Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.
Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.
Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.
Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.
Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.
Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.
Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.
Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.
Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.
Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.
Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.
A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.

Fuente: Literatura.org

 

 

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