Un perro que me ladró, por Enrique Vila-Matas (fragmento)

Enrique Vila-Matas hacia 1953

“(…) Mi madre, a cambio de darles una suculenta merienda, obligaba a los niños reclutados a verme torear una cabra salvaje disecada. Esa cabra era un trofeo de caza de mi abuelo y yo la utilizaba para mis brillantes “corridas de cabra estática”, así han llamado a mis “faenas” siempre mi familia. Todo eso acabó el día en que apareció en la plaza de toros un animal de verdad. Un perro que me ladró. Eché a correr y dejé la faena a medio hacer. Quería ser torero (el regalo del traje de luces había acabado llevándome a querer ser torero cuando fuera mayor, el equívoco se había ensanchado pues con fuerza), pero aquel día pasé por un bochorno tan grande que decidí que aquella no era mi vocación. Pero no se me ocurrió pensar que podía ser escritor. Durante un largo tiempo no quise ser nada. Por otra parte, la protesta de los niños invitados a ver la faena fue tan grande que me desanimé para cualquier acto público en el que el centro fuera yo.

Desde entonces, nunca he podido superar el temor al abucheo cuando hago una conferencia o intervengo en algún acto público. Normalmente, antes de “salir al ruedo” busco algún rincón para concentrarme. Son las consecuencias de haber entrado un día por primera vez al cine. Tengo miedo del público, necesito concentrarme al menos unos segundos. Y siempre me imagino que estoy vestido con un traje de luces. Pero eso, por suerte, el público no lo sabe ni lo nota. Ese traje invisible, por otra parte, es mi más firme y entrañable ligazón con mi infancia perdida. No lo ve nadie, como yo apenas veo ya nada de mi infancia.”

Enrique Vila-Matas

Leer el texto completo en: El Silenciero

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