Clásicos, niños y jóvenes, de Ana María Machado

Clásicos, niños y jóvenes es un libro que parte de la idea de que la infancia es una etapa de lucidez, y que insiste en la importancia de ofrecer a los niños un primer encuentro con las obras clásicas de la Literatura Universal, en la medida de su comprensión, y sin importar que dicho contacto sera a través de versiones y adaptaciones. Este libro es a la vez una profunda y apasionada reivindicación de la lectura, de la riqueza del acervo literario de la cultura occidental y de las huellas de conocimiento e inconscientes que esas obras clásicas han dejado en todos nosotros, que somos sus herederos.

(Texto de la contratapa del libro)

Uno de los libros que no puede faltar en una bibliografía básica que pretenda abordar diferentes aspectos de teoría de la literatura infantil y juvenil y la lectura es Clásicos, niños y jóvenes de Ana María Machado publicado en 2004 por el Grupo Editorial Norma en su colección Catalejo.

A lo largo de sus páginas la autora remarca la necesidad de brindarle a los niños la posibilidad de acceder a los clásicos de la literatura universal, no desde la obligación de su lectura sino estimulando su interés, por ejemplo, a través narraciones y lecturas de fragmentos que puedan encender los deseos de leer la obra completa o acercando adaptaciones de calidad si las versiones originales resultan demasiado complejas para la edad del lector en cuestión.

A lo largo de su ensayo, Ana María Machado va categorizando los clásicos en diferentes temáticas y en cada una de ellas aporta sus reflexiones, sugerencias, ejemplos, citas y fundamentalmente apasiona al lector quien termina el libro con unas ganas enormes de leer y releer los clásicos aquí propuestos.

A modo de ejemplo va el siguiente fragmento extraído del capítulo Un mar de historias marítimas cuando se refiere a La isla del tesoro de  Robert L. Stevenson.

(…) La isla del tesoro no es una aventura de naufragio ni de supervivencia, sino una apasionante historia de búsqueda. Comienza en Inglaterra, entre neblina y peñascos al lado del mar, en un ambiente de misterios y promesas implícitas, pero después da un giro radical y se sitúa en una isla tropical. De cierto modo, también fue el fundador de un género; el de las historias de mapas de tesoros. Además, ese fue justamente su origen: un mapa que el hijo del autor trataba de dibujar. Hay piratas, luchas y una canción que permanece para siempre en la mente del lector, como ocurrió con el poeta Fernando Pessoa, quien la utilizó en uno de sus poemas más famosos. Quien lee el libro, se vuelve también compañero de Robert Louis Stevenson, quien inventó una melodía para que el lector cante mentalmente:

Quince hombres sobre el baúl del muerto
Ho-ho-ho
Y una botella de ron.

Por sobre todo, La isla del tesoro hace una observación aguda sobre el proceso de la curiosidad y del miedo. Se adentra en la inquietud de una pesadilla de aventuras, descrita con fuerza, y que transcurre en una isla exótica en la que esqueletos blancos se suman a palmeras verdes y mares de zafiros. El libro también juega con el miedo del lector. Desde un comienzo, hace que el lector tema a los personajes equívocos, sólo para que después vaya descubriendo poco a poco qué es lo que debe enfrentar o evitar y por qué. Parece que solo fuera una emocionante aventura de piratas, pero es mucho más que eso: es una reacción al pesimismo y al desánimo, un acto de confianza en el potencial de la juventud. Por esa razón es un libro que permanece para siempre. Es también una señal de iniciación a la vida, un libro sobre el bien y el mal en toda su ambigüedad, sobre la traición y sobre la confianza, sobre el fin de la inocencia y los caminos de crecimiento, sobre hombres mediocres y villanos prodigiosos. En el fondo, es el mapa de un tesoro entregado al lector. (…).

La autora destaca que la discusión que versa en torno a los clásicos no debe plantearse como una lista de libros que debe leerse ni a su mera defensa sino muy especialmente tener presente la cantidad de posibles lecturas que estas obras permiten y seguirán permitiendo. Machado señala que la pregunta que debemos formularnos es ¿cómo leer? y que una de las respuestas es “leer críticamente”. También remarca la necesidad de leer en forma contextualizada y comprendiendo la época en que fue escrita la obra.

La autora señala lo siguiente:

Leer críticamente es una de las respuestas. Significa que no leemos para coincidir en actitud reverencial, ni tampoco para disentir ni refutar en un desafío eterno. Para mí, ese aspecto se parece mucho a lo que siento cuando converso con algunos ancianos maravillosos que amo y admiro mucho. Por eso, muchas veces me parece que la tal llamada lectura crítica de los clásicos puede tener que ver con una lectura amorosa; pero que, también, dicha admiración siempre vaya de la mano con un contrapunto crítico que actualice la lectura, y que está constituido por todo el bagaje de lecturas que cada lector trae a ese encuentro.

Esto conduce a otra actitud fundamental: aquella de leer en forma contextualizada, es decir entendiendo la época, sin tener actitudes contemporáneas o de una manifestación cultural de otro tiempo y otra sociedad.

Índice del libro

Prólogo, por Irene Vasco.

Capítulo 1: Clásicos, niños y jóvenes

Capítulo 2: Eternos y siempre nuevos

Capítulo 3: Entre griegos y troyanos

Capítulo 4: Las sagradas escrituras

Capítulo 5: Torneos, proezas y caballeros

Capítulo 6: Mundos descubiertos y soñados

Capítulo 7: Encantos para siempre

Capítulo 8: Un mar de historias marítimas

Capítulo 9: Aventuras sin fin

Capítulo 10: Emociones cotidianas

Capítulo 11: Clásicos infantiles de verdad

Capítulo 12: navegar es impreciso

Este libro ha sido merecedor del Premio Cecilia Meireles 2003.

Reseñas sobre este libro:

Klibanski, Mónica. Clásicos, niños y jóvenes. En: Educ.ar

Munguía, Javier. Clásicos, niños y jóvenes, de Ana María Machado. En: Revista de Letras, 6 de junio de 2011

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