El trasluz, de María Cristina Ramos – SM

Para el Seminario de Literatura Juvenil de Autores Argentinos “Un desafío para el mediador” que dicta la prof. Lidia Blanco en La Nube las alumnas hemos realizado un trabajo individual sobre el análisis de una novela a elección y cumplimentando una serie de consignas propuestas. La entrega de los trabajos fue ayer por lo que todavía no han sido corregidos. Sin embargo, quisiera compartir en el blog un breve comentario de la novela que elegí: se trata de El trasluz, de María Cristina Ramos, novela publicada este año por SM en la Colección Gran Angular.

La novela aborda desde una mirada estética y especialmente poética el amor con todas sus implicancias, complejidades, abismos e incertezas. Pero también incursiona en la soledad, la ausencia, la espera, la memoria, la identidad individual y colectiva y la solidaridad.

Una dedicatoria aporta indicios sobre los protagonistas de la obra.

A los que se quedaron solos, alguna vez. A los que inventaron pasos y sueños para atravesar la realidad.

Se trata de una novela organizada en 28 capítulos cuyo texto se fundamenta en dos historias centrales unidas entre sí y que forman parte de una historia circular: la historia de amor entre dos jóvenes llamados Matías y Marinés, y la de un amor tardío que protagonizan Emilia y Asdrúbal.

Matías y Marinés se enamoran e inician una relación que los llena de ternura, sensualidad, deseo, esperanza pero por cuestiones que se van sucediendo ésta termina abrumándolos y llevándolos por abismos de inseguridad, incomunicación y ausencia.

Emilia Jerez y Asdrúbal Santibáñez se enamoraron cuando eran muy jóvenes. Sin embargo, él se fue del pueblo y toda su vida fue un irse siempre, un  no poder echar raíz. Emilia, por el contrario, afianzó sus raíces, se quedó sola en su casa, se hizo cargo de Matías cuando quedó huérfano y construyó un mundo paralelo entre sueños y bordados en el cual abrigó ese amor. A la mitad de su vida Asdrúbal regresa al pueblo.

A medida que ellos van uniendo sus caminos, Matías y Marinés van tomando caminos diferentes aunque traspasados por el amor que les duele, quedando un final abierto y circular.

Hay un narrador en tercera persona  por cuya voz conoceremos la vida de los personajes y sus deseos y aflicciones pero también lo haremos por las voces de los protagonistas quienes a través  de sus diálogos acercan al lector a sus mundos íntimos y colectivos.

Matías Moreno recuerda al trasluz de su memoria que presenta abismos y pasadizos oscuros. El narrador focaliza en sus recuerdos para más adelante adentrarse en las evocaciones de otros personajes contando circunstancias que el propio Matías desconoce.

El narrador también acerca al lector a los mundos internos de otros personajes muy importantes como Etelinda Rosales. A través de su palabra, la autora conmueve profundamente con la historia de vida de Etelinda. María Cristina Ramos ha poetizado la tragedia que traspasa y cala hondo en el alma del lector al punto de poder sentirse el dolor transformado en belleza, en palabra que es arte, sentir en la propia piel el frío de la nieve del desamparo, permitirse mirar en otros ojos abandonados, tantos que habitan el mundo y darles voz.

El galope, más cerca. En el patio, el parral, como otro mundo. Hubiera sido bueno ser pájaro para volar hasta él. Alcanzar las uvas que se han añejado de nada más estar esperando alguna mano. Las uvas para el hambre, para la sed. Pero mejor no salir. Estar adentro es como estar con alguien; conocer la mesa, las sillas y el banquito de totora es pertenecer a un mundo donde también hay otros. Ya van a venir. El aire helado cuartea la piel de la cara, se hace silbido en las rendijas de madera muerta. Después nada, nadie. Y la nieve. Verla caer tumultuosamente en silencio. Caer para siempre con total libertad, casi en juego, espuma sobre el aire, agua abrazada en capullo, liviandad casi feliz del otro lado de la ventana abandonada. Y el galope, el galope, en la pequeña soledad del pecho.

Fondo de nieve cayendo en los años de los ojos sin fondo, Etelinda mira y ve lo que viera en el día aciago de su infancia y no ve llegar a la joven desconocida que la mira. Una mujer envuelta en un abrigo gris, que la saluda y se sienta a su lado, callada y mirando. (p. 86, capítulo 16, Al fondo de los ojos de Etelinda).

El narrador se extiende en las creencias y supersticiones del pueblo con respecto a los fenómenos naturales y otros hechos de la vida cotidiana que se suceden en Río Errante y las lecturas que de ellos hacen los habitantes desde sus propios lugares y decires que sostienen y refuerzan su identidad colectiva.

Desde la perspectiva de la autora, el narrador rescata las voces de una comunidad en la que prima la solidaridad, el bien común junto a los sueños individuales, el colectivo que remarca su identidad. Desde la ficción, la novela es representativa de comunidades de la Patagonia, de los pueblos alejados  de las grandes ciudades -muy especialmente de Buenos Aires- que se asientan en un territorio en el cual la naturaleza deslumbrante puede bendecirlos pero también ser impiadosa.  

En relación a la obra de María Cristina Ramos, Lidia Blanco [1] sostiene que a través del habla popular, las supersticiones y la manera particular de relacionarse de la gente se conforma “la Argentina secreta, la que no mostramos o no queremos conocer, con su gente, sus decires, sus limitaciones, sus sueños”. Para más adelante agregar que “muestra una realidad de seres humanos desprotegidos cuyas vidas transcurren muy lejos de la gran Revolución Tecnológica que venden los medios de comunicación”.

Es de destacar la referencia a una planta que tiene protagonismo dentro de la historia y es la Santa Rita. Los modos lingüísticos y las formas discursivas de expresión de los personajes van modelando un escenario de una comunidad unida por sus creencias populares, supersticiones y tradiciones. La Santa Rita es una planta que hereda de la santa que lleva su mismo nombre la capacidad de cumplir deseos y sueños imposibles. Los protagonistas están aferrados a esta creencia popular, muy especialmente Emilia.

Los personajes tienen sus tiempos, su propia identidad, su manera silenciosa y amorosa de relacionarse con los vecinos y el medio natural que les rodea. Los protagonistas están unidos y marcados por la soledad y el silencio y atravesados por el amor.

Dice Fromm [2] que “la necesidad más profunda del hombre es, entonces, la  necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad. El fracaso absoluto en el logro de tal finalidad significa la locura, porque el pánico del aislamiento total sólo puede vencerse por medio de un retraimiento tan radical del mundo exterior que el sentimiento de separación se desvanece –porque el mundo exterior, del cual está separado, ha desaparecido-.”

Es el amor, con sus luces, sombras, abismos el que los rescata de los sufrimientos e injusticias, y aún Etelinda detenida en el tiempo de su infancia abandonada encuentra en sus vecinos la contención y la dignidad. A pesar del silencio y de la soledad, ellos construyen el presente al trasluz de la memoria,  memoria que es laberinto y sobre todo puente que atraviesa el tiempo y el espacio.

El pasado es un lugar para buscar raíces, encontrarse, comprender, recomenzar pero no para quedarse como lo hizo Etelinda. Por ello en toda la novela los protagonistas hablan de puentes: puentes sobre el mar para llegar al otro lado del mundo, puentes que atraviesan los sueños hacia la realidad  mientras se va bordando y tejiendo la vida como lo ha hecho Emilia quien a pesar de los años de soledad y ausencia, de su necesidad de mar, sueña, florece y construye puentes imposibles hacia el amor.

Por diferentes circunstancias ellos han sufrido los avatares de la ausencia y de la vida misma, tienen un mundo interior muy rico y hondo pero les cuesta expresar sus sentimientos. En su universo público se comunican por cuestiones relativas al pueblo, se organizan frente a las catástrofes naturales y problemas que los aquejan para darles solución, se solidarizan con los vecinos que sufren pero no hablan de sí mismos, no cuentan sus sentimientos más íntimos, son reservados y tampoco hacen preguntas. 

Marinés y Matías siendo tan jóvenes comparten esa manera de ser de la gente del pueblo. Están fuera de la concepción estereotipada que los medios hacen de los adolescentes y los jóvenes pero no están ajenos a la violencia del poder.

Santibáñez le respetó el silencio porque lo asaltó un recuerdo. Lo sucedido en un pueblo cercano cuando dos familias, Moreno y Rovira, o Rovera, tal vez, tuvieron pleito por unos animales. El pleito llegó a riña y la riña dio paso a la policía, que llegó matando y se fue arreando a los animales, mientras la tierra se bebía la sangre de dos familias. ” (p. 20, capítulo 3)

Ellos comparten con el resto de los jóvenes la vulnerabilidad, el deseo de afirmarse como personas independientes y libres, la sensualidad en el amor vivido  con frescura e intensidad pero también con angustia e inseguridades que muchas veces  los dejan sin saber qué decir o hacer.

Entonces voló la mariposa, grande y gris sobre las matas, alrededor de ellos, hasta posarse y enredarse en el pelo de Marinés.
¡Ay! –dijo ella.

¡Ay! –dijo él.

Y cómo hacer para desenredarla sin hacerle daño, a ella, a la mariposa.

Dejame a mí- dijo él. Ay, tan cerca la mariposa, el pelo, el perfume, el aleteo de la liberación.
-Ya está – dijo él
-¡Qué bien! –dijo ella. Y no pensaba en la mariposa.” (p. 29, capítulo 5, Cruzar el puente)

A través de la construcción de un lenguaje enriquecido con metáforas la autora es hacedora de un texto poético que conmueve y envuelve al lector con la caricia de la palabra que se hace música.

Alguien está entrando y retirándose en esta atmósfera celeste, sienten los helechos. Y alguien más cruza con voces y suspiros el primer oleaje de sombra que nos llega. Ella tiene puestos los colores del sueño en muy pocas palabras. Él, en cambio, rezuma la transparencia de ansiedades y preguntas, es un caudal que busca y no encuentra sitio. Debiera tender sus hojas tensas hacia la poca luz que queda. Debe ser alguien sin ventanas. Está presente y tiene la voz gastada de haberse ido. Pero ella tiene un miedo que viene moviendo los brazos desde hace mucho tiempo. Fue trasplantada varias veces y de algunas no se recuperó. Sus raíces se fueron haciendo débiles y perdieron la voluntad de abrirse paso en una nueva tierra. Ella se mece tímida sin mudar de lugar. Está definitivamente abrazada a su espacio y ya no podrán moverla. Quiera el cielo que no haya tempestad. Quiera que le sean propicios el viento y las manos cercanas, piensan los helechos. (p. 66, capítulo 11 , Los helechos).

Toda la novela está atravesada por alegorías sobre el amor y la vida misma, de la vida que se lee y se reescribe al calor de los silencios y la palabra: puentes hacia lo imposible que atraviesan realidades, los bordados y tejidos de quien hila su propia vida y la de los que ama, la creación del vivero, los sueños imposibles pedidos a la Santa Rita, el florecer de los helechos, las leyendas narradas por Santibáñez, el tiempo en que Emilia duerme sin soñar y casi sin signos vitales, Etelinda espejo y puente, la vida misma vista al trasluz de la memoria.

El amor no es un camino llano y sin obstáculos, hay que transitarlo, inventar puentes, cruzarlos pero también hay que cuidarlo siendo un brote tierno, regarlo amorosamente para que florezca.

Él hablaba de construir un puente tan largo como el océano para poder llegar caminando al otro lado del mundo, donde los hombres leen el destino en el vuelo de los pájaros, y escriben sus deseos en papeles que arrojan al bronce fundido de las campanas.

Ella estaba entonces dispuesta a cosas absolutas, como caminar sobre los tramos del puente, fresco todavía mientras seguían conversando, mientras los peces voladores saltaban irisando la luz y Asdrúbal proyectaba trayectos levadizos para que pudieran pasar los barcos sin rozar las puntalerías de sus palos mayores. (p.50, capítulo 8, Puente sobre el mar)

En relación a la poesía de la autora,  Raúl Tamargo [3] ha señalado que “como ocurre con los buenos discos, con la poesía de María Cristina Ramos lo mejor comienza al rato. Es decir; dejar que la lectura avance, que los sonidos vayan adueñándose de esa caja de resonancia en la que se transforma el lector, resultan operaciones imprescindibles para ingresar en todo un universo poético que abarca seis libros pero que pueden leerse como uno solo.” De esta misma forma descrita por Tamargo entramos a su universo narrativo en donde los sonidos poéticos de la prosa nos transforman.

El trasluz aborda como tema central el amor y lo hace desde una postura ideológica que se aparta de la concepción frivolizada que predomina en los medios de comunicación masivos, concepción que intenta imponerse no sólo en el mundo de los adolescentes sino también en el mundo de los adultos, principalmente de quienes habitan en las grandes ciudades en donde muchos han perdido la palabra. Actualmente somos testigos incluso del bochornoso accionar de los medios en los cuales la palabra es devastada y atropellada por el insulto, la agresión y la mentira permanentes. 

Dice María Cristina Ramos [4]: “¿Quién sigue hilando el hilo que nos permite salir de la niebla hacia el mundo sostenido por la palabra? ¿Quién toma por un momento el derecho a la voz y el contacto con la infinita trama de historias que fuimos tejiendo los humanos?”

La literatura como puente a la palabra que salva -como el amor-, al descubrimiento de uno mismo y de los otros hacia un nosotros…

María Teresa Andruetto [5] nos dice “optar entonces por un narrador es al mismo tiempo una decisión y una renuncia”. La autora, a través del narrador toma la voz de aquellos que son invisibles para el centro dominante y no ceden a perder su identidad, mantienen la valorización de los pequeños actos de la vida cotidiana, se sienten identificados con su comunidad, sus tradiciones y  la naturaleza que les rodea. Sus silencios, murmullos, secretos, sufrimientos, decires nos llegan a través de lo que él nos cuenta.

Dice Liliana Bodoc  [6] en la voz de Nakín de los Búhos, “no importa cuánto me esfuerce en contar, las puertas de la memoria son infinitas. Y por eso, aunque me esfuerce en contar, ninguna historia estará completa. Cada narración es un avance, o una pérdida que abre cien vacíos, cien preguntas”.

¿Qué sucederá con Matías y Marinés? ¿Podrá Etelinda seguir transitando el puente hacia las palabras que la traigan a este lado del mundo? No lo sabemos, las historias continúan su curso pero nos las hemos apropiado, también nosotros cruzamos puentes hacia otros mundos en la lectura literaria y buceamos en el fondo de unos ojos perdidos en nuestra alma, también nos reescribimos al trasluz de nuestros sentires, decires, memoria.◘AM

 

[1] Blanco, Lidia. “María Cristina Ramos: una escritura a favor de la infancia”.  En: La Mancha N° 13, Buenos Aires, noviembre de 2000.
[2] Fromm, Erich. El arte de amar: una investigación sobre la naturaleza del amor. Buenos Aires, Paidós, s.f.
[3] Tamargo, Raúl: “La obra poética infantil de María Cristina Ramos”, en Imaginaria, núm. 175, 1 de marzo de 2006. Disponible en: http://www.imaginaria.com.ar/17/5/recomendados.htm
[4] Ramos, María Cristina. Aproximación a la narrativa y a la poesía para niños. Los pasos descalzos. Buenos Aires: Lugar Editorial, 2012.  
[5] Andruetto, María Teresa. “Algunas cuestiones sobre la voz narrativa y el punto de vista”. En: Hacia una literatura sin adjetivos. Córdoba: Comunicarte, 2009.
[6] Bodoc, Liliana. “Oficio de Nakín”. En: Relatos de los confines. Oficio de Búhos. Buenos Aires: Suma de Letras, 2012
 
  • Ramos, María Cristina. El trasluz. Buenos Aires: SM, 2013 (Gran Angular)
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