Palabras que tienen memoria, por Lidia Blanco

Pensemos una verdad sencilla. El Arte siempre estuvo un poco de acuerdo con la subversión, tal vez por eso los primeros en caer durante las dictaduras de todos los tiempos, fueron artistas. Escritores, actores, cantautores, muralistas, poetas. Es por este motivo que la literatura como parte significativa de la creación humana, ha sufrido censuras, y muchas veces los autores debieron exiliarse o pagar con su vida el haber producido obras de Arte  que contradecían al Poder.

Durante la dictadura que nos dejó heridas y miedos, las formas expresivas en sus variadas posibilidades fueron encerradas, demonizadas en muchos casos, porque desde el Ministerio del Interior del Gobierno Militar, se veía como peligrosas muchas palabras que vivían en libros, revistas, periódicos, obras de teatro, canciones. Sobre estas censuras encontramos amplia información en una obra monumental que debe estar en todas las bibliotecas y que deben leer todos los argentinos: “Un golpe a los libros”. Hernán Invernizzi y Judith Gociol, sus creadores, realizaron una prolija investigación que es hoy documento testimonial de aquella época.

En el Prólogo, Horacio González, Director actual de la Biblioteca Nacional que hoy nos reúne, se expresa en estos términos:

No hay poder sin escritura. Luego vendrá el singular problema de la destrucción de papeles reservados y códices recónditos. Tampoco hay poder sin destrucción de papelerío. No en vano la burocracia es uno de los más profundos movimientos del poder, y ello se evidencia aún en que vacila en dejar en sigilo absoluto sus movimientos. Todo poder vive de ese vaivén entre lo que no puede dejar de escribir y lo que no  puede dejar de aniquilar alrededor de la evidencia de que hay rastros por él mismo producidos. Un gobierno como el de los militares argentinos, que organizó círculos de hierro alrededor de su propia clandestinidad, dejaba marcas, significados y protocolos reglamentarios por doquier. Por eso, una de las tesis de este libro supone que había una cultura intelectual del gobierno militar organizada a través de valores de pureza y de orden, y de la sempiterna pedagogía del censor con su truculento correlato flamígero, la quema de libros”. (1)

La democracia nos permitió recuperar el derecho a la palabra, a la investigación sobre los procedimientos de detención y asesinato de miles de argentinos, robo de bebés, destrucción de la economía. Censura. Crímenes. Conocimos detalles sobre el horror de las torturas de los detenidos y del sufrimiento de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Pero la Memoria Colectiva de un pueblo no se organiza solamente con la información, es necesario que se elabore íntimamente cada uno de esos datos, que se los acepte como verdaderos, y que asumamos como conjunto ciudadano, la responsabilidad de lo que no debe ser solamente una frase publicitaria: NUNCA MÁS.

En ese proceso de construcción de la Memoria Colectiva participan hoy organizaciones de Derechos Humanos, abogados, jueces, fiscales, familiares de detenidos-desaparecidos, hijos y nietos recuperados. ¿Falta algo más? Sí, la subjetividad humana tiene otros tiempos. Y es por eso que la literatura puede cumplir en este proceso una función educativa de jerarquía porque los hechos ocurridos llegan a través de la ficción cargados de voces de seres que tal vez no existieron, pero que representan justamente a los que ya no están.

Algunas obras literarias que abordan el tema de la dictadura y su tremenda crueldad, se constituyen hoy en homenaje a la militancia, a los que padecieron sufrimientos atroces, y a la vez resultan enseñanza de un sistema de valores, el que fuera justamente ultrajado por esa dictadura. Los escritores que exploraron esa experiencia del pueblo argentino ocupan hoy un lugar especial entre los lectores, y es un deber de docentes y bibliotecarios, hacerlos llegar a niños y jóvenes, para que sumen  sus representaciones, y también su compromiso con la democracia que todavía se está fortaleciendo.

Algunos artistas nos llegan a lo más hondo, nos evocan nuestros muertos queridos, nos duelen el alma, pero también nos salvan de la locura del olvido. Quiero que mis palabras sean de agradecimiento a todos los que van colocando en la mesa de compartir el pan de la revolución, su palabra de memoria, para que nunca más, ni ahora ni después. …Nunca el Olvido.

El año de la vaca.de Márgara Averbach, editada por Sudamericana en el año 2003 abre ante el lector las ventanas de la memoria histórica que constituye hoy uno de los grandes temas de los organismos de Derechos Humanos. Durante la dictadura militar instalada en Argentina en el período 1976-1983, muchos niños nacidos en los centros clandestinos de cautiverio fueron robados y posteriormente entregados a otras familias que luego se adjudicaron una paternidad falsa. La historia narrada por Márgara Averbach coloca en las voces de un grupo de adolescentes la reconstrucción de la verdadera identidad de una adolescente que ha crecido en un hogar ilegítimo y los pasos que recorre hasta descubrir su verdadero origen.

Un breve texto introductorio a modo de dedicatoria, permite al lector saber de antemano que la ficción parte de un hecho verdadero…

 “A las Abuelas de Plaza de Mayo, que conocen la historia.

A Mónica, María Cristina, Diana, Perla, Miriam, Lea, que se sentaron a conversar en bares, en patios, en bancos de plaza hasta que me devolvieron, de a poco, con paciencia infinita, la conciencia  del poder que hay en la charla.”

La estructura de la obra está montada justamente en conversaciones entre alumnos de un curso de una escuela secundaria de Buenos Aires. Y esas conversaciones van armando la historia de Nadia, cuyo verdadero nombre es Celeste. Seis narradores aportan cada cual su mirada propia sobre el acontecimiento que los convoca y  en su decir se descubren como personalidades diferentes que arman y desarman los hechos como en un rompecabezas. El procedimiento narrativo permite la reflexión crítica al lector, tomar su propia determinación ante el hecho narrado, porque en verdad los sucesos que actúan los personajes, adquieren diferentes matices según la óptica del que narra. Hábilmente la autora muestra en estos discursos de los adolescentes la polémica vigente en la sociedad argentina respecto a la devolución a su familia de origen de los hijos de los desaparecidos durante la dictadura militar.

El tratamiento del lenguaje otorga verosimilitud a cada escena, aún aquellas que se despegan de la realidad para ingresar a lo fantástico, a lo inexplicable. La jerga de los alumnos de una escuela secundaria contemporánea se reproduce con fidelidad, lo que implica observar un impecable trabajo sobre la escritura propio de la buena literatura. Nunca nos encontramos con la mirada del adulto, siempre estamos escuchando a estos jóvenes que cuestionan y se interrogan sobre sus sentimientos, su situación de alumnos en una institución educativa que los niega como personas verdaderas, y que no les brinda acompañamiento para resolver conflictos como individualidades y como integrantes de una sociedad.

Sebastián,  narrador que aparece en primer lugar, expresa los cambios ocurridos en él a partir del conocimiento de la verdadera identidad de Nadia, hija de desaparecidos durante la dictadura, y lo dice con sencillez,  pero también con el desorden esperable en alguien de su edad:

“Fue un año raro, un año con vueltas, como el laberinto ése de Córdoba que fuimos a ver el verano pasado. A mí me pasó algo en estos meses. Y yo diría que fue por la Vaca. ¿O por Nadia? No estoy seguro. Lo de Nadia hizo que de pronto me interesaran los noticieros. Y los avisos que salen en los diarios, esos que vienen con una foto y un nombre y cuentan una historia en tres palabras. Juan Ramirez, desaparecido el 4 de abril de 1976 en…Hace un año, ni los hubiera mirado. Ahora me siento con ella y estudiamos esas fotos en la plaza. Imaginamos las vidas de los que los conocían. No, no soy el mismo”.

Para Rafael las cosas son diferentes, rechaza el descubrimiento de la verdad, se encierra en sus propias convicciones, se aísla del grupo.

Yo estoy como siempre. Los últimos días de clase me la pasaba escuchándolos todo el día. Que el año los cambió, que esto, que lo otro, que ahora saben, que ahora entienden. Allá ellos, a mí no me cambian así como así. Qué año ni qué año. Si ellos quieren ser otros, bueno. Son unos boludos. Unos inseguros.”

Juana, apodada la Vaca, es un personaje rodeado de misterio, sostiene situaciones que permiten atribuirle poderes especiales, casi una maga. Es la que desata el interés por conocer la verdadera identidad de Nadia. Nadia. Sus reflexiones sobre la  identidad ocultada dentro de una familia falsa, el asombro, el horror, pero también el bienestar interior que logra en su nueva situación, otorgan sentido a todas las otras voces que desgranan la novela:

“La foto era como yo tres veces. Cuatro.Yo en el hombre alto, un hombre con mi piel, con mi pelo rojo. Yo en la mujer, en esa cara repetida, la mía, mi cara calcada y agrandada. Yo, en el bebé. Porque no dudé ni un momento: yo había sido alguna vez esa cosita abrigada y envuelta. Y la cuarta, yo afuera de la foto, mirándome tres veces. Me pareció que me moría. Me faltaba el aire. En cierto modo sigo así. Se me está pasando pero muy despacio. Lo que menos se me pasa es la rabia por lo que me robaron. La sentí ese día y ahí está, todas las mañanas. Ni siquiera sé si quiero que se vaya”.

La palabra Historia, así con mayúscula, se repite varias veces en el texto, y es justamente en este discurso de Nadia, que ahora sabe que es Celeste, cuando crece en una dimensión simbólica, cargada de matices, como sintetizadora de otros discursos que aún permanecen silenciados, por miedo, por ignorancia, por cobardía. Márgara Averbach recrea en cierta forma esta palabra, Historia, que al comenzar la novela es apenas una disciplina, un libro, una profesora. Cuando finalmente el lector concluye, tendrá en su haber casi un neologismo, la Historia Argentina construida por todos, la identidad como representación colectiva, como una victoria sobre la impunidad y la mentira.

El tiempo que siempre hace lo suyo, fue acunando otras historias que mostraban las zonas oscuras de aquel momento histórico. La actividad de la Triple A en tiempos previos al golpe. Ese es uno de los hechos que aparecen en la novela de Paula Bombara:

“El mar y la serpiente”, editada por el Grupo  Norma en el 2005.

La novela se compone de tres partes que definen a través de la construcción discursiva los cambios en el crecimiento de la protagonista desde su primera infancia hasta la adolescencia. Los diferentes niveles del lenguaje han logrado un ajuste admirable con las características propias de estas etapas evolutivas. Es el lenguaje el que va colocando y sacando piezas del mapa semántico hasta llegar al escenario final en el que cada personaje ha encontrado su lugar y su sentido dentro del texto.

La primera parte se anuncia con el título  “La niña” y pone en movimiento su palabra que es a la vez su universo cognitivo, su primer contacto con los enunciados de su madre que responde a sus preguntas que dan comienzo a la historia: la desaparición del padre.

Digo ¿y papá?

Me dice, no sé.

Papá se fue en bici.

Papá se perdió

Digo, ¿papá se perdió?

Mamá me mira. No habla. Le cae mucha agua de los ojos.

La información sobre la muerte de su padre llega a medias: un accidente, se le paró el corazón.

Mamá dice, cuando te morís, el cuerpo no sirve más. Ahora papá nos mira desde el cielo. Dice, no lo vamos a ver más pero él sí nos ve. Desde el cielo.

La segunda parte titulada “La Historia” despliega los detalles que van surgiendo de boca de la madre en la medida que la niña, ahora más grande, le va planteando preguntas más detalladas. La curiosidad se vuelve exigencia, y lentamente el diálogo entre las dos amplifica el texto acotado, los fragmentos se reúnen en un nuevo discurso que contiene al que ya el lector conoce, pero los datos puntuales tienen agregados que permiten conocer las causas y el contexto singular de una desaparición en una fecha exacta, 1974, y responsables nominados, las Triple A.

 La niña se entrega a la voz de la madre y el relato la conmueve como si no le perteneciera. La serpiente, un juguete precariamente confeccionado con trozos de tela durante el cautiverio de su mamá, cobra vigor, es símbolo del amor y la esperanza de recuperación de un tiempo perdido.

 Me dieron los pedazos de tela, una aguja y un hilo rojo. Se me ocurrió hacerte la serpiente porque era lo más fácil: un tubo cosido por las puntas, relleno con alpiste…

Las formas discursivas cobran tal fuerza de realidad que transforman las palabras en sonidos, y la ficción induce al lector a convertirse en auditor de la conversación, en cierta forma en cómplice de las confesiones de la madre. En esta segunda parte se refuerza esta inclusión del que lee, como una invitación a tomar parte en la novela en el rol de un personaje testigo de la  historia narrada. En cierta medida, un cómplice del secreto compartido entre madre e hija.

 Esta manera singular que ha elegido la autora para producir su novela, nos remite a la reflexión sobre la cuestión de la memoria que formuló Elizabeth Jelin, en agosto del año 2000:

“¿Qué importa de todo esto para pensar sobre la memoria? Primero, importa el tener o no tener palabras para expresar lo vivido, para construir la experiencia y la subjetividad a partir de eventos y acontecimientos  que nos chocan. Una de las características de las experiencias traumáticas es la masividad del impacto que provocan, creando un hueco en la capacidad de “ser hablado” o contado. Se provoca un agujero en la capacidad de representación psíquica. Faltan las palabras, faltan los recuerdos. La memoria queda desarticulada y sólo aparecen huellas dolorosas, patologías y silencios”. (2)

La tercera parte que se titula “La decisión”, presenta a la protagonista provista de un desenfado lingüístico que la impulsa a formular apreciaciones sobre su historia, su madre, y la escuela, en términos que definen el pasaje de la niñez a la adolescencia:

“¿A quién quiero engañar? ¡Si es un embole! Pero la redacción ¿por qué no eligió a la vaca que es tan bonita? Se me ocurren mil cosas sobre las vacas. Encima hay que leerla en el frente. Está loca la profe   bueno ¿ella que sabe? Ni se debe imaginar que tiene a una hija de desaparecidos en la clase…pero ¿por qué? ¡Ni que fuera la única! seguro que hay otros.”

Del balbuceo de la primera parte, llegamos a esta locución compleja, fresca, autónoma y con rasgos paródicos de las típicas producciones escritas en el ámbito escolar. Es posible calcular que el tiempo ha pasado no solamente para la niña de la novela, sino para la sociedad en su conjunto que va armando también en un penoso proceso la reconstrucción de la memoria.

A modo de desenlace aparece la carta, ese trabajo de redacción que una profesora le pide porque es 24 de marzo, fecha clave en la historia de la Argentina.

 “Hoy nos faltan 30.000 personas con nombre y apellido.

30.000 es un montón de gente.”

Ahora es posible comprender la relación mar/serpiente, en un presente que puede contener el pasado, y al mismo tiempo prefigurar lo que vendrá. La función de la escuela como el lugar posible en el que se den cita los hechos históricos posibilita cierta forma de reparación para la protagonista porque se incluye en un acontecer colectivo y deja atrás la clandestinidad y el silencio que la habían definido en un terreno de dolor individual y personalizado.

Sobre esta función educativa de las instituciones educativas opinó el conocido teórico del campo literario Tzvetan Todorov:

“…que la historia se escriba, que las instancias políticas tomen posición sobre estas cuestiones, que los manuales escolares, los sitios oficiales de conmemoración reflejen el pasado reciente: ahí sí creo que hay un buen camino. Un pueblo tiene que poder hacer frente a su pasado”. (3)

Sumemos más obras: “La mujer en cuestión” y “Lengua madre”. María Teresa Andruetto, escritora cordobesa hondamente comprometida con nuestra historia, produjo estas dos novelas que están editadas como textos para un público adulto. Sabemos que grandes obras de la literatura forman parte de la oferta en las instituciones educativas sin que la particularidad de pertenecer al campo de la literatura “para mayores” sea un obstáculo en la lectura. Pues bien, creo que estas dos novelas deben estar presentes en las escuelas secundarias, son parte de nuestra exploración del pasado, y la calidad estética de su escritura, las colocan en un lugar de alta excelencia artística. Nada hay en ellas que no puedan ser comprendidas por jóvenes que, por otra parte, cuentan en el actual momento con nutrida información que van brindando organismos oficiales acerca de ese período histórico.

La primera edición de “La mujer en cuestión” fue editada en el 2003, por Alción, editora cordobesa. Posteriormente la reeditó Editorial Sudamericana, colección Debolsillo, en el 2009 y fue motivo de elogio en la Feria del Libro en Frankfurt a la que fue invitada la autora para presidir la edición en alemán. La historia de la protagonista Eva Mondino va abriendo surcos desde la investigación que un informante debe realizar sobre ella y su vinculación con los acontecimientos que debió vivir durante la dictadura.

Así se presenta el narrador:

Fui contratado por una suma razonable, para relevar de un modo exhaustivo el entorno inmediato y las circunstancias de la mujer en cuestión, a efectos de que usted eleve lo investigado a quien corresponda”. (4)

La forma como se inicia el relato nos ubica en un procedimiento irregular, perverso, ya que se pretende indagar la vida de una persona sin que ésta sepa. Las razones parecen ser su relación con Aldo Banegas, desaparecido al iniciarse la dictadura, la militancia política peronista, el tiempo de detención de Eva en el centro clandestino Campo de la Ribera. Tampoco se nos informa a quién debe destinar dicha información ni tampoco quién ha pagado una suma de dinero para esta tarea repugnante.

Andruetto incluye en la ficción nombres de personajes ya célebres para todos nosotros, y menciona lugares que ahora sabemos, fueron centros de detención y de tortura.

Entre los testigos a quienes se ha recurrido a efectos de conocer en profundidad las circunstancias que llevaron a la detención de Eva Mondino, se destaca el Doctor Arturo González Suviría, médico en un tiempo asimilado al Ejército, que ejerció en ese ámbito con el rango de Coronel, durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional”.

Y luego, unos párrafos más adelante, queda denunciado el rol  del Doctor Suviría:

Como la entrevista siguió en ese tono no fue posible averiguar si fue este testigo quien radicó, en cierta oportunidad, una denuncia en el Tercer Cuerpo de Ejército, por ante el secretario del General Luciano Benjamín Menéndez, el Teniente Ricardo Montalbán Ballestra, de quien el Doctor González Suviría era amigo personal”. (5)

Los oscuros pasillos de las persecuciones, la patología de los perseguidores, y de los que rastreaban a los militantes como perros de caza para encontrarlos y detenerlos y hacerlos desaparecer, ubican esta novela en el perfil del género policial, ya que se trata de llegar a saber los diferentes grados de culpabilidad y de responsabilidad, en este caso, de una mujer llamada Eva.

La historia de Eva resume la de muchas mujeres que padecieron cautiverio, tuvieron un hijo que luego les fue arrebatado, perdieron la vida, desaparecieron. Eva Mondino sobrevive. Y es ella misma un documento de lo que aconteció durante su detención.

En efecto, Eva Mondino tuvo un hijo (N. del I.): este informante asume el riesgo de considerar que sí lo tuvo….”

“Se trató al parecer, de una criatura de sexo masculino, nacida como ella dice “una noche fría, la más fría y oscura del mundo…”

 “….criatura que según se estima le quitaron esa misma noche, que ella no buscó, también al parecer porque le dijeron que había muerto, y de la que según dicen los numerosos testigos recogidos, nunca más se supo.”(6)

Este tono distante, frío de un informe, nos conduce hacia la Memoria. Es una posibilidad de acceso a hechos muy dolorosos. Hay otros caminos, y la autora también los recorrió en su novela “Lengua Madre”, profundamente intimista, con palabras que surgen de las vísceras, del corazón, esas que se dicen en la oscuridad, en el temor, en la confianza con el otro que escucha….Cartas, cartas que van construyendo la historia de Julia y de Julieta, su hija. Y siempre como un texto paralelo que por momentos se despega de la narración, está el clima tenso de la dictadura en las vidas de los personajes.

Querida Julia, mi pequeña luz,

Desde estos confines, en la primavera del 84, te escribo estas líneas a dorso de la Flora de Boticelli pensando que allá, aunque es otoño, ahora que se han ido los crápulas, todo estará por florecer. Te extraño. Todavía (no sé por qué te lo cuento/no sé si te lo he dicho alguna vez) seguís teniendo aristas enigmáticas para mi (en sentido figurado, claro, porque en el buen sentido, de tus romas formas doy fe).

Pequeña y única, querida, me gustaría saber de vos. ¿Cómo van las cosas? ¿Estás sola? (no creo!). Yo bien, pero a veces entro en crisis, nada nuevo, el bendito síndrome de siempre…es que estoy algo cansado de la mediocridad del mundo y las más de las veces no creo en nadie, sólo creo en mí (parece que los demás también sólo creen en ellos!). Contáme cómo estás. Contáme de Julieta. ¿Ya va a la escuela? ¿Sigue con tus viejos? ¿Ellos bien? Cuando puedas, mandame una foto de la nena, o mejor una foto donde estén las dos. Un beso,

Nicolás.”(7).

Y como cierre de esta recorrida de palabras de la memoria, cito a Julia, en una carta a su hija Julieta….voz de tantas madres….voz de tantas soledades que dejó la dictadura en nuestro corazón….

Querida hija, como hablamos recién por teléfono en la que creo fue nuestra despedida, hubiera querido revisar estas cartas y estos papeles con vos, una tarde de estas últimas de la vida, aquí en casa. De cualquier modo, sé que en algún momento leerás todo. Que si estás leyendo esto, ya habrás leído todo. Estoy segura de que verás cada cosa y la pondrás en su justo lugar. Ojalá tu juicio para conmigo no sea tan duro. Además de pedirte perdón por todo lo que no fue, quisiera decirte algo: no sé que pasó ni por qué no pude, pero yo quise ser tu madre y quise ser muchas otras cosas que no fui, pero lo que quiero decirte, hija, en realidad, es que vos sos todo lo que yo quise ser.

Julia.”(8).

La memoria. Recordar. Volver a pasar por el corazón. Aprender a recuperar el pasado, no sé si para producir un gran porvenir como dice el slogan publicitario, me conformo con la sabiduría de saberse parte de estas historias. No mucho más que eso.

Lidia Blanco

3 de diciembre de 2010

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(1)Invernizzi Hernán/ Judith Gociol. “Un golpe a los libros”.EUDEBA.2002.Prólogo de Horacio González. Pag.15-16)

(2)Jelin, Elizabeth.”Memorias en Conflicto”.Conferencia en el Encuentro por la Reconstrucción de la Memoria”.La Plata. Agosto. 2002.

Elizabeth Jelin es profesora de posgrado en la Facultad de Derecho (UBA), Investigadora Principal del Conicet, Directora del programa de investigación comparativa y formación de investigadores jóvenes sobre “Memoria colectiva y represión”. Es miembro del Comité Científico de la UNESCO, que trabaja en la investigación de situaciones de terrorismo de estado y sus consecuencias sociales y culturales.

(3)Todorov, Tzevetan. Entrevista realizada por Gonzalo Garcés y publicada en la Revista Puentes.Nro.4 Julio 2001.Comisión Provincial por la Memoria. La Plata.Argentina.pag.22.

(4)Andruetto, María Teresa.”La mujer en cuestión”. Alción Editora.2003.pag.11.

(5)Obra citada (4).Pag. 57

(6)Obra citada (4). Pag.111-112.

(7)Andruetto, Maria Teresa. “Lengua Madre”.Mondadori. 2009. pag.83.

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Nota de La memoria y el sol

El texto ha sido publicado con autorización de la prof. Lidia Blanco a quien le agradezco enormemente haberlo compartido en este blog. AM

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