Hasta la desobediencia siempre: una lectura de LA SIESTA de Claudia Masin

Es verano.

En el Chaco el sol arrasa y quema.

Es verano y en la hora de la siesta hay una niña despierta.

En la casa todos duermen.

Es verano y la niña cava temblores de rebelión y resistencia.

¿Puede acaso la poesía socavar los mandatos instaurados desde tiempos remotos? ¿Puede una mujer derribar los muros de silencio que la oprimen? ¿Y puede una niña resistir las imposiciones de los adultos?

En el imaginario construido por Claudia Masin en La siesta (Ediciones la mariposa y la iguana, 2017) lo que parece imposible se gesta imperceptible y subterráneamente en el espacio-tiempo de la siesta veraniega. Esta obra habla de resistencia, rebelión y autonomía, y también de crecimiento y reparación desde una perspectiva marginal, desde una mirada del mundo que corroe los fundamentos del sistema patriarcal sembrando una esperanza. Su lectura conmueve por su hondura y crudeza y por sumergirse en la desmesura salvaje e inasible de la infancia, en un tiempo mítico revelador en el que lo estigmatizado por el mundo adulto cobra una dimensión sin igual, tiempo-espacio de búsqueda, deseo y libertad.

Es  una obra poética en prosa que, entre otras particularidades, reflexiona sobre la infancia, el lenguaje, la lectura y la escritura. Esto se presenta como una dificultad gratificante en cuanto a su lectura: los límites a la hora de definir el género son tan difusos como los bordes de las cosas bajo los efectos del calor extenuante del verano chaqueño. La siesta podría leerse también como un libro de relatos hilados entre sí cuya protagonista es una pequeña heroína que durante ese espacio de ocio y de vacío de la siesta veraniega en su ciudad natal se rebela mientras todos duermen contra el poder opresor del padre, la casa familiar y el sistema. Desde esa voz interna, desde esa voz minúscula, la niña cava a la manera de los topos un paisaje subterráneo y salvaje en donde otra vida libre de mandatos y sometimientos es posible. Es por ello que el discurso poético de La siesta tiene una potencia indómita que se funda en esa pequeña voz de niña que nutre, al decir de Diana Bellessi, la pequeña voz del mundo que es la poesía.

Claudia Masin –escritora y psicoanalista- nació en Resistencia (Chaco, Argentina) en 1972 cuando la dictadura iniciada en 1966 estaba casi llegando a su fin. Faltaba poco para que se avizorara una primavera cuyas palabras, flores y frutos luego se amordazarían, cortarían y desaparecerían a los pocos años de nacida. Su trayectoria como escritora incluye la publicación de libros de poesía que no son ajenos a lo político y en el que su discurso poético enfrenta al poder hegemónico. En Geología (2001, reeditado en 2011) despliega la recreación mítica de la infancia tanto a nivel general, es decir como un tiempo de la vida de todos los seres humanos, como a nivel personal haciendo una construcción imaginaria de sus propias vivencias. En La siesta retoma este imaginario, lo ahonda y lo potencia con una crudeza sostenida en la esperanza, la terquedad y también en la lectura y la escritura como formas de atravesar y superar la violencia, el rencor y el dolor.

¿Cómo lee el mundo una niña topo? ¿Cómo se llega a escribir bajo la tierra? Claudia Masin nos revela que se escribe cavando bien profundo y atravesando las capas geológicas del lenguaje y el dolor hasta el hueso de la vida y de todas las cosas. De la propia conciencia y de tomar conciencia de los otros se desprende una escritura emancipadora  y luminosa marcada en ese tiempo de infancia en el cual lo inútil y lo salvaje para el poder hegemónico que impone la productividad a toda costa es en realidad un tesoro invaluable y un arma poderosa de resistencia. Es que la niña topo –como la poesía- no se sujeta a ninguna lógica de mercado.

Con la contundencia de su discurso poético Masin pone de relieve la problemática de la violencia en sus diversas formas, aquella que se aprende y se reproduce y cuyo núcleo fundacional se arraiga en el sistema patriarcal transmitido de generación en generación desde tiempos inmemoriales, afectando todos los órdenes de la vida, desde la privada hasta la pública. En este sentido, la casa familiar –reino del padre- es el lugar en el que el sistema y el Estado reproducen la brutalidad y el terror, el lugar en donde un padre erizo aguijonea cuando menos se lo espera y las mujeres silencian no para obedecer sino para sobrevivir porque la desigualdad entre un poder y otro es enorme y la única manera de seguir con vida es haciéndose invisible.

La casa familiar recreada por la autora es un territorio en el que conviven en permanente tensión el amor y el odio: el amor hacia la madre que contiene y calma los terrores nocturnos y también la confianza hacia el padre a pesar del miedo y el rencor que su violencia intempestiva genera lastimando de raíz en lo más profundo. Y es que hay una niña que en el desamparo más doloroso, muy a pesar de todo, necesita de su cobijo. Y también hay un padre que arrastra la furia y el abandono de su propia infancia. La escritura de Masin lleva al lector a un territorio casi onírico en el que a los ojos de la niña, ella y su padre son nenas en el desamparo más absoluto.

“No quiero sentir esta pena que es por mí en ella, por ella en mí, por esa nena que él fue y en la que se está convirtiendo de nuevo, la que llora sin vergüenza entre mis brazos que no alcanzan a contenerla, porque sigue, por alguna extraña razón teniendo el mismo cuerpo enorme que no podría abarcar jamás, que mi abrazo no alcanza, no va a alcanzar a calmar. Se calma sola, se calma sola mi padre, mi nena esquimal mientras la nieve cae sobre las dos y nos miramos, una ternura como un pinchazo en el corazón me entra, y duele”.

El imaginario recreado por la autora está repleto de soledades y abandonos, de seres arrasados por el dolor, de violencias que se aprenden y se perfeccionan, de miradas que se esquivan, de palabras que no se dicen, de miedos y rencores conviviendo con la ternura y el amor. Su escritura pareciera florecer de fosas abisales, de tierras devastadas, de una infancia indómita que se resiste a la domesticación impuesta, de una conciencia que se nutre y se reconstituye en la alteridad. Si la actualidad nos ofrece la comodidad mentirosa del pensamiento chato y las lecturas diluidas, la hondura infinita del lenguaje poético de Masin nos deja en la intemperie, bordeando los abismos.

La humanidad pasó de sus balbuceos primigenios a la conformación del lenguaje oral y luego a la escritura, tallando muros y tablas de piedra para dejar memoria de su historia oficial. La nena de La siesta, en cambio, pasó del lenguaje libre y espontáneo de los niños a un silencio indestructible, amando y atesorando las palabras por su desobediencia, escondiendo de los demás la rebelión creciente que cultivaban en su interior contra todo tipo de naturalización y dominación del lenguaje impuesto por los mandatos instituidos. ¿Y no es esta rebeldía uno de los gérmenes de la poesía, no es su rebeldía perpetua una de sus cualidades más iluminadoras y emancipadoras? ¿No es ese silencio el que posibilita escuchar los murmullos de las historias traídas por el viento, las voces olvidadas del pasado, los gritos acallados de los perseguidos, las palabras no dichas, los temblores revolucionarios que se cuecen bajo tierra?

Hay en La siesta un elogio del silencio, de la lentitud, de lo minúsculo y de lo inútil como elementos fundantes de una poesía rebelde y reveladora. La escritura de Claudia Masin alumbra porque se nutre de las voces de los muertos, de los desvalidos, de las mujeres desacatadas, de los niños abandonados a su suerte, de los locos y maltrechos, de los que a pesar de todo no pierden la esperanza y siguen contando historias para resistir, no importa si reales o imaginadas. ¿Acaso no imagina la memoria para encontrar esa chispa de luz reveladora en el fondo de la oscuridad?

Contar para no callar. Contar antes de que sea tarde. Contar para iluminar la noche, para abrigar el frío, para atravesar los miedos. Contar para seguir viviendo. Contar contra toda forma de olvido y opresión. Traer las palabras que vienen de tiempos remotos, las que decían los viejos y entretejerlas con las nuestras. Y leer. Leer hasta ser devorados por los libros. Leer para que las ideas y las voces que nos dejan prendan y se expandan como los yuyos siempre salvajes e incontrolables. Y escribir. Escribir para dar luz y voz a la alteridad.

La siesta es un elogio de la lectura y la escritura, del lenguaje en su función liberadora más plena y también lo es de la infancia y su desmesura apasionada. Los niños comparten con la poesía la apropiación plena del tiempo inútil para el resto de los seres humanos, ese tiempo fuera del tiempo, esa permanente necesidad de extrañamiento. Y al igual que esa niñez impetuosa, el discurso poético de Claudia Masin conjura contra lo que intenta cegarnos día a día con falsas luminarias y contra lo que nos ata al rencor. Conjura contra el poder y los mandatos patriarcales, contra la negación del otro, contra la naturalización de las injusticias, contra las mordazas y el ruido, contra la desesperanza y el olvido, contra lo vacuo.  Estamos frente a una obra poética que tiene un carácter tanto reparador como emancipador.

“La parte sana –porque aunque sea minúscula, siempre hay una parte que salva- nos empuja a reunirnos, ya no para causarnos más daño, sino para contarnos las historias que nos contábamos las noches de verano en las que se cortaba la luz y salíamos al jardín, padres e hijos a tirarnos en el pasto bajo la imparcialidad de las estrellas, que nos cuidaban a todos por igual y nos hacían dormir serenamente, como si los rayos implacables que teníamos dentro se convirtieran, también, por una noche, en diminutos hilos de luz en el cielo ”.

La siesta tiene el prodigio de ser una obra perpetua como las siestas del verano de la infancia y sobrecogedora como la orfandad de los desvalidos y menospreciados. Es intensa como ese tiempo de niñez en el que la imaginación, el asombro, el juego y el misterio de la otredad eran lo más valioso y trascendente. Cuando Claudia Masin escribe nos hablan las niñas y las mujeres desobedientes que se cuentan historias para no morir y en sus voces están las nuestras, las de todos.

Alejandra Moglia

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2 pensamientos en “Hasta la desobediencia siempre: una lectura de LA SIESTA de Claudia Masin

  1. Gracias por acercarnos estas palabras, y todo lo que ellas mueven tierra adentro… en el corazón y en la historia personal.
    ¿Se puede conseguir el libro de Claudia Masin en la ciudad de Córdoba?

    • Muchas gracias, Carolina, es un libro poderoso. No sé si se puede conseguir en Córdoba. Me fijé en la página Web de la editorial y allí aparecen las librerías que venden sus libros. No hay ninguna en Córdoba, la mayoría están en Buenos Aires y hay también en Bahía Blanca. Yo compré el ejemplar en Mercado Libre. ¡Saludos!

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